lunes, 26 de noviembre de 2012

SÍRVASE USTED MISMO

ME ESTOMAGA | PEDRO TAPIA ARTEAGA



Dicen que cuando abres un frigorífico y ves toda la pared del fondo es que tienes una nevera de rico. Pero no es plan. Entonces decides que tienes que ir a hacer acopio de provisiones, entre otras cosas porque no eres rico y porque te gusta comer.

Llego al supermercado y me procuro un carrito. Me adentro en esa jungla de pasillos y mercancías. ¿Pero quién diseñó este aparato? ¿Pero qué le pasa? Está salvaje. No obedece. Yo digo a la izquierda, él a la derecha. Quiero comprar detergente para lavar a mano en agua fría calzoncillos de popelín y este monstruo se empeña en llevarme al pasillo del choped y el salami.

Tengo que servirme yo sólo. Yo me tengo que agachar, me tengo que poner de puntillas si no alcanzo lo que quiero, yo peso el producto, yo pongo la etiqueta del precio en la bolsa y yo envuelvo. Cuando me dirijo a pagar me encarrilan por un pasillo para asignarme caja. Me da la impresión que me van a marcar como al ganado con un hierro al rojo vivo, que un vaquero se me va a poner en la espalda para domarme o lo que es peor, que me van a poner unas pezoneras para ordeñarme.
Meto la compra en el coche y al arrancar una señal acústica y luminosa indica que el depósito tiene hambre de combustible. Fabrican coches con la fea costumbre de no andar si no tienen gasolina. Llego a la estación de servicio. Ya puedes hacer noche que allí no sale ni Dios. Primero tienes que ir a que te activen el surtidor, repostas y tienes que volver para pagar. Ellos están allí dentro, en su burbuja, si hace frío con calefacción y si hace calor con aíre acondicionado. Así todo doy las gracias por tanta confianza, por dejar la pistola y la manguera en mis manos. Por un momento me sentí un jeque del petróleo. También de aquí salí marcado. Unos octanos en los zapatos dan fe.

Cansado de hacerlo yo todo decido pararme en una terraza para tomarme algo y tomar aliento. Me siento. Dos minutos, tres, cinco, diez. Me levanto y acudo a la barra demandando un camarero. No tienen servicio de mesas ni terraza. Tengo que pedir allí, pagar y llevármelo yo. Ole, ole y ole. Esto es una loa, un canto al buen hacer y a la buena atención. En el trayecto una patata alioli en la camisa deja la huella indeleble de mi paso por aquí.

Pero de todo esto saco un beneficio. He hecho la compra yo solo, he llenado el depósito de gasolina yo solo y me he tomado un tentempié en una terraza sirviéndome yo solo. La cantidad de dinero que me he ahorrado es tremenda. De mi se iban a reír todos estos. Yo he sido quien les ha engañado a ellos. Que se queden con mi cara que conmigo pierden dinero. ¡Ya lo creo!

Después de toda esta soledad habrá quien llegue a casa a última hora del día y decida, para relajarse, dedicarse a los placeres solitarios. Pues seguro que habrá alguien empeñado en echarte una mano. Justo cuando más deseas hacerlo solo…

Me estomaga.

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